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ESCENA 2a.

Una chispa salta de un tizón, se agiganta en estrella y de estrella en pocilga iluminada con sol artificial. UNO- DOS- y TRES- nacen simultneamente de un mismo puño del nuevo personaje: LA MUCHACHA LANGUIDA que acaba de cazar tres moscas a las que decapita y arranca tres patas alternadas.

LA MUCHACHA LANGUIDA. — ¡Oh Amor! ¡Mi carnaval de tantos años! Hoy me place un helado sobre una calva. Es gracioso. La fatalidad me persigue: de cien machos no hay dos enteros. ¿Seré azul por dentro? Mis amantes se tiñen así cuando me abandonan. ¡Mis sueños! ¡Dorados sueños! ¿Qué es mi vida? ¿Cuándo llegará el hombre que sepa las cosquillas que todos ignoran. Mi talón espera su flecha deliciosa.

LOS TRES SEÑORES AL UNISONO. — Ardemos. Nacimos de tus lamentaciones, dispuestos a envainar en nuestras carnes tus deseos. Oyenos, sudamos sinceridad y si no te apuras volveremos a la nada. ¿Ves? Nuestros cuerpos se separan.

UNO. — Soy Uno.
DOS. — Soy Dos.
TRES. — Soy Tres.

LA MUCHACHA LANGUIDA. — Servidme café. En aquel armarito guardo dos ligas, la tercera me la sacaré ¿o preferis darme un beso en los muslos? Teneis los ojos lánguidos, cercados de negrura, pero, ¿os gustan las moscas? Yo me pirro por ellas. Hablad que me encantan los requiebros.

UNO. — La puerta no se abre en todas las latitudes. Debe haber alguno enfrascado en tesis y antítesis para holgar de esta manera en mi cerebro, hasta trastrocar mis llamaradas en viruta achicharrada.

DOS. — Definitivamente entregado al opio que la piel satinada derrama en mis ojos ¿no veis como se abrevian mis días puntiagudos sobre estos dedos ardidos en teas?

TRES. — Perdonad. Pensábamos estar con nuestro autor, y ante el ombligo que gentilmente nos ofreceis, reconocemos nuestra impotencia para deslumbrar. Nacimos y nos volvemos inmaculados.

LA MUCHACHA LANGUIDA. — Moriré abrasada si os negais a mis caricias. Presiento la dicha bajo vuestras lenguas. ¡Os ignorais!

EL AUTOR. — Basta. Aburre tu sensualidad barata. Te pensé muy otra. Que abrirías tus carnes, que te desnudarias aun de la piel. En fin heme resuelto a casarme contigo. No temas a estos tres, con un soplido se evaporan. A ti te poseeré una vez y luego serás una mancha en las sábanas. De nuevo solo ¡desesperación! ¿Cuántos personajes meter para lograr una muchedumbre? Soy o no orquestador de océanos? Volved mis personajes — adiós éxito — conversemos amigablemente.

LOS TRES EN CORO (con entonación de ultratumba). — La máxima humillación hemos sufrido. Traslucimos nuestra preferencia por el ombligo.

EL AUTOR. — ¿Os quejais? Y si yo venero las piernas, y beso los deditos grasientos y me sumo en éxtasis sobre senos flácidos? No sabeis vivir. Mi insinuaciones resbalan. Sois fríos, cerebrales. No arde en vosotros la gruesa vena.

Idos, Haced lo que se os antoje, pero vivid ¡A costa de vuestras vidas se me dará un muerte decente!

ESCENA 3.a

Una pera, y un gusano sobre ella, un agujero. La pera se deshace en bocados y se come sola; queda el núcleo, el agujero y el gusano. Del agujero salen los tres señores, de frac, borrachos y canturreando algo que debe ser obsceno porque me ruborizo.

UNO. — Lindo jardín donde se pesca la luna encopetada. Aquí arden cirios, debe ser la polilla que fuma.

DOS. — Juguemos al vigilante y ladrón, me cazo por el rabo y me remonto a la boca. Deliciosa la boca en mi boca.

TRES. — Dejad esos menesteres. Ahuyentad mas bien a este espectro que nos exige la interpretación.

EL GUSANO. — Yo no hablo. Encargue de Adán. Soy definición de la pera, 2 más 2 son 4, esto es ciencia. Yo no hablo, soy mudo, tejo ciencia.

LOS TRES SEÑORES EN CORO. — Debe ser un remolino. Gracias, Adios. Nos hablamos en la costa de nuestra habitación; si, giremos y abriremos el cielo con las narices. Nada de bromas, nos persigue un fantoche de autor, una puta y un gusano y estamos indefensos. Olvidamos nuestros cuerpos en el guardarropa, las almas en el perchero. Alusiones de nosotros mismos; ¿adonde ir para desencadenar los horrores de las cuencas de los cielos hueros?

UNO. — Me place dormir acá. ¡Entre tanta gente! Yo me abandono sobre el cuerpecillo de aquella dama de la primera fila.

DOS. — No estornudeis, me iré. Sonaron doce campanadas en el despertador. Soy empleado de tienda y ¿sabeis? recibimos seda de contrabando.

TRES. — Si esperais comer bien, venid a mi casa. En una lomita encarnada poseo dos cipreses.

LOS TRES A UN TIEMPO. — Somos encantadores.

SIEMPRE YO

Los copos ruedan incansables en los hastíos,
Cada suspiro se eleva eréctil en la vía de plata,
Susurran las cúpulas sus desperezos gigantes,
Brinda la voz su nido azul.
Fácil tecleo de los pececillos,
Graciles talles de los ruegos,
La tierra blande su mazo de soles.
Tembiorosos náufragos en las rápidas florescencias de alegrías