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(en un sentido más amplio: toma la forma de sus signos).

Justificación del nombre de la revista: interrogación primera y máxima, desnuda de todos los ornamentos ortográficos, reducida a su pura esencia verbal.

(Para una ampliación de las sugerencias de esta introducción y para contemplar problemas particulares, léase): Pretexto y Manifiesto de Dalid; Prólogo de Debernardi.


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PRETEXTO

Dádmelo vosotros, siquiera los motivos para vivir. La forma cohibe la espontaneidad y culpa vuestra si llega mutilada. No firmo la justificación colectiva, la consiento. Hablar es el máximo sacrificio de mi ser en pro de la ceguera.

Si lo que es infinito silencio ríe o muequea en estas páginas, lo debe al contagio de vuestra derrota. Apegados a las jerarquías cuando sólo existe un valor: “yo”. No subrayeis egolatría donde se lee justicia.

Arrojo mis gritos, una bofetada no libre de cariño. Que brote el desconcierto. Subvertir la existencia por la conmoción. Vivimos entre verdades creadas por el error.

Me presento con el ilogismo, la incoherencia de un ser vivo. No comprenderéis nada. Es mi pretensión. ¿Podrán mis interrogantes colgaros otros muy adentro?

Los actos están catalogados, (el nuestro es casi literario) repudiamos la ordenación. Lo que suena a letra, a falso, es muy a pesar nuestro. Quien de nosotros, mereciera el calificativo de literato habría desahuciado su intención.

Con la alegría ingenua de la despreocupación total abandonamos nuestros gestos entre quienes pretextan esencialidad o infinito.


MANIFIESTO MUY SENTIMENTAL

Una mañana en la vida cuando arrojemos el cobertor de los arrepentimientos. No simular la satisfacción si en cada uno de nuestros actos se desenvuelve un suspiro. Unicamente los ojos conformes con barrer el suelo y el vientre podrían negar esa hartura de nuestras manos torpes, cansadas de retorcerse, cuando a través de los ojos empinados se filtra un hálito blanco.

Nuestros pasos son pequeños para el latido de nuestros deseos, que envainan el mundo. La angustia de querer.

Somos un arma mellada en manos del Destino; la expresión de aquellos que en el abrazo supremo de sus sueños sólo cogieron el vacío.

Bajo la piel arde lo que nadie pudo captar. La vida la sentimos desperezarse henchida de intenciones gigantes, de visiones inconmesurables; pero, apenas asoma convertida en acto, comprobamos nuestros esfuerzos humillados: la ruina de una tempestad de soles. Pedimos el reconocimiento de nuestra inculpabilidad. Cuestión de grados, la potencia. Todo acto es una traición a sí mismo. Una idea apuñalada, el sueño de juventud por tierra. Y el mundo marcha sobre estos cadáveres del hombre.

Una engañifa. Empresa, la vida, en la que se embarcan todos los avíos, para seguir ¿qué ruta?

Entre tanto, al primer alumbre de un rayo, a la primera ristra de nubecillas, degollamos, atemorizados, nuestros sueños. Dios, la Humanidad, el Progreso, pretextos.

El instinto de vivir en la proa del nacer, las excusas muy tarde, a remolque.

¿Fracasados? Es posible. Sin embargo nos sería fácil callar, la boca llena de mendrugos. No carecemos de las condiciones ordinarias. Mas de esa misma imposibilidad de callar ¿quién es el responsable? Sentimos la impotencia de la realización como una mordaza aún en nuestros gritos. Nos rebelamos contra el destino. Desconocemos vuestras jerarquías de valores.